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  Capítulo III. La Aventura de Maurice Wilson en el Everest
 

Wilson fue un hombre afortunado por su nacimiento, en Londres, y por pertenecer a una familia social y económicamente acomodada.
Se dice que tuvo una infancia feliz, siendo un niño admirado por sus facultades físicas y su inteligencia. Nacido en Inglaterra, a los 10 años hablaba correctamente francés y alemán, además del inglés, su lengua de nacimiento. En el colegio era el mejor deportista y el de más talento.
A los 18 años se alistó en la primera Guerra Mundial donde realizó acciones heroicas mostrando un valor poco común, siendo condecorado y ascendido a oficial por su alto sentido del deber.
A su regreso tras la guerra. Convaleciente de sus heridas tenía nostalgia de la guerra, de las tensas situaciones vividas en los frentes de batalla y de los peligros llevados a lo largo de los cuatro años pasados en el frente.
Wilson no se acostumbraba a vivir tranquilamente, ni a ser una persona normal. No era feliz. Tenía que hacer algo que la gente admirase.
Abandonó la fabrica que había heredado de sus padres y se marchó buscando aventuras, a Nueva York y a San Francisco; y después a la lejana Nueva Zelanda en donde vivió varios años.
Trabajó en distintas ocupaciones: vendedor de automóviles, agricultor, e inventor de medicinas naturales, pero seguía infeliz y triste y decidió volver a Londres en barco. En el largo viaje conoció a unos hindúes que le hablaron de sus dioses. A Wilson le impresionaron aquellos compañeros de viaje que veía orando y ayunando durante semanas enteras.
En Londres Wilson enfermó de melancolía y no tenía ningún interés en curarse, despreciando los consejos médicos y las medicinas. Y un día desapareció.

Todos pensaron que habría muerto, pero al año apareció nuevamente. Wilson parecía feliz. Había vivido en las montañas de Escocia, en una cueva que con ayuda de un pastor acondicionó como mejor se pudo.
Practicó el ayuno tal y como había aprendido de los hindúes, llegando a estar treinta y cinco días sin comer, bebiendo solo un poco de agua de vez en cuando. Su fe en Dios y en el ayuno le devolvió al parecer la salud física y mental, aunque muchos de sus amigos estimaron que más que curado Wilson estaba completamente loco, pues quería dar a conocer sus métodos para salvar el cuerpo y el alma de los hombres como una verdadera obsesión. Quería que la gente conociese que con la oración y la renuncia el hombre podía alcanzar lo que se propusiera ( mucho de cierto había en lo que Wilson pensaba) Pero para que la gente le hiciese caso Wilson creyó que tendría que hacer algo importante que llamase la atención de la gente.
Entonces fue cuando decidió escalar el Qomolangma, es decir el Everest, en la que aún todavía todas las expediciones habían fracasado.

Wilson no era alpinista, ni siquiera un montañero excursionista, pero estaba convencido que con ayuda de Dios podría conseguirlo, y que después de llegar a la cima de la montaña más alta del mundo la gente le escucharía.

Se documento cuanto pudo sobre el Qomolangma, pero cuando comentaba a sus amigos su idea estos le intentaban disuadir.

Pero aún había más motivos para la sorpresa: Wilson quería acercarse al Everest pilotando una avioneta...
Se compró una avioneta se segunda mano y pinto en ella el nombre de Everest, empezando a recibir clases de vuelo en el aeropuerto de Londres con gran impaciencia para irse pronto al continente asiático.
Con tan pocas clases Wilson no sabría ni dar vueltas al aeropuerto los días sin viento, dijo su profesor de vuelo...

Wilson se compró el equipo que consideró necesario para ir al Everest: sacos de dormir, botas, tiendas de campaña, cuerdas, piolet etc...
Y todos los días se entrenaba con largos paseos para acostumbrarse a las botas de clavos que se usaban entonces...
Durante unas semanas se fue a Gales para escalar con una pesada mochila en la espalda. Y más aún... Para demostrar y saber, si su sistema nervioso estaría a la altura de las circunstancias quiso saltar en paracaídas sobre Londres.
Y lo hizo balanceándose sobre la ciudad y cayendo en el gran parque central, ante la admiración y extrañeza de los paseantes. Wilson con su gran estatura y sus excentricidades se había ya hecho famoso en Inglaterra.

Y el día 8 de febrero de 1933, como aparece en los diarios, Wilson despegó del aeropuerto de Londres hacia su destino.
Pocas personas, de las que acudieron a despedirle, creyeron que volvería cuando la avioneta se perdió entre las nubes...

Pero Wilson demostró ser uno de los más atrevidos pilotos de la época volando por lugares remotos, aterrizando en pequeños aeródromos... Tardó una semana en llegar al Cairo en donde le prohibieron volar sobre Persia ( Irán) lo que le obligó a hacer de un solo vuelo Bagdad-Bahrein, batiendo un record de distancia de aquellos años... En dos semanas llegó a la India tras haber superado decenas de dificultades que otros no habrían sabido resolver.
En Karachi, el corresponsal de Dayly Express le dedicó una larga entrevista que fue muy leída y comentada en muchos medios de información.
¡Wilson ya era famoso!
Nepal le negó el permiso para entrar volando en el país y nadie había entrado tampoco por tierra.
Wilson se vio obligado a vender la avioneta para seguir el viaje a Darjeling, prohibiéndole atravesar el Sikkin.
Entonces decidió entrar en el Tíbet sin permiso alguno; aunque la noticia de que la expedición inglesa ,de 1933, había vuelto a fracasar en el Everest le desánimo algo:
¿Si fracasaban los verdaderos alpinistas con una poderosa expedición, él tendría menos posibilidades?...

Pero Wilson siguió adelante. Encontró a un tibetano que había servido como interprete a las expediciones inglesas y le pidió ayuda, pero éste al oír su pretensiones le tomó por un loco y no le hizo caso.

Wilson necesitaba un guía que le sirviera de interprete, pero pasaban las semanas y no lograba encontrar alguno. Ya hacía un año que había salido de Londres.
Preguntó incansable a sherpas y ghurkas que se encontraba por las calles, o a gentes que por sus vestimentas denotaran alguna relación con las expediciones.

Por fin conoció a dos hermanos que habían formado parte como porteadores de la última expedición al Everest: Rinzing y Teiring. Le bastaba con que le guiasen por los caminos de la montaña. Salieron de Darjeling disfrazados de campesinos, escondiendo el equipo de alpinismo en sacos de trigo. Luego Wilson se cambio el atuendo de campesino por el monje tibetano que le pareció más adecuado para pasar inadvertido, pero era el monje más alto y grande que nunca habían visto en el Tíbet.
La extraña caravana atravesó ríos helados, soportó intensas lluvias y tormentas de nieve en pleno invierno. Viajaban de noche para evitar a las patrullas de vigilancia de aquellas zonas fronterizas, sin entrar en las ciudades o poblados.

Había transcurrido el invierno y Wilson se sentía optimista en su loco deseo de escalar el Everest.
Llegaron al monasterio de Rongbuk, el famoso recinto sagrado de los lamas bajo la misma montaña.
El lama les concedió una audiencia y bendijo al grupo mientras se escuchaba los cantos y oraciones de los monjes.
Prosiguieron las caminatas abriendo senderos en las morrenas glaciares, en las que Wilson empezaba a notar los esfuerzos de la altitud y sus síntomas.
A los 6.000 metros, junto a unos grandes bloques de hielo, sus acompañantes le dijeron que ya no seguirían más y que no habría posibilidad de llegar nunca a la cima.
Ambos hermanos pensaron que al dejarle solo volvería también, pero se equivocaron.

Wilson siguió hacia arriba, paso solo la noche y al amanecer continuo caminando. Una tormenta le detuvo a 6.300 metros. Se encontraba sin comida y no podía más. Su fe se desvanecía y decidió regresar al monasterio para recuperar fuerzas. Sus amigos, los dos hermanos, le vieron regresar medio ciego, tambaleándose y en unas condiciones penosas. Durmió cuarenta horas seguidas soñando que estaba en Londres con su familia y los pocos amigos que tenía.
Cuando se restableció escribió en su diario:
“Se que puedo conseguirlo”
El ayuno y la oración le ayudaron una vez más a reponerse y a mantener la esperanza.

Partió nuevamente hacia el Everest dejando una carta que decía:
“Asumo todas las responsabilidades en el caso de morir”

Lo sherpas le acompañaron nuevamente, rehaciendo el camino en el que invirtieron tres días para llegar a lo alto del glaciar. Eran mediados de mayo cuando una tormenta los retuvo una semana sin poder salir de la tienda. Cuando esta paso continuaron el camino de forma cada vez más penosa, sobre todo para Wilson que subía al límite de su resistencia...
Fueron días muy malos, sin comida y con las vestimentas mojadas y aunque los dos sherpas intentaron de nuevo convencerle para volver, Wilson continuó solo otra vez, desesperadamente camino del Collado Norte, una zona que ya precisaba tener unas condiciones y una técnica de la que Wilson carecía.
Pasó varias noches a la intemperie, al lado de la pared helada, acurrucado sobre su mochila rezando incansablemente... Pero tampoco pudo continuar, y en un momento de lucidez Wilson decidió volver a bajar el largo camino hacia el monasterio.

Wilson llegó vivo abajo, con el cuerpo totalmente exánime. Los que lo vieron dicen que era un viejo que apenas se tenía en pie, con la cara quemada y una costra en los labios que parecía un resucitado que los monjes miraban con curiosidad.
Wilson no salió de su cabaña durante varios días, y cuando alarmados entraron en ella sus amigos Rinzing y Tiering la habitación estaba vacía; solo vieron una carta escrita con un pulso débil:
“Aún he de hacer mi último intento para ser feliz”

Wilson jamás regresó.
Cuando sus amigos, los dos hermanos serpas, subieron hasta el inicio de Chang La, no encontraron rastro alguno de Wilson.
Con gran resignación miraron hacia la gran cumbre de la Tierra.

Dos años después el gran explorador del Himalaya, el inglés Eric Shipton, descubrió los restos de Wilson en una tienda derribada. Dentro estaba un cuerpo reseco del que solo se veían los huesos, sentado sobre una piedra, quitándose los crampones de las botas.
Shipton enterró el cadáver de aquél visionario entre las piedras de la morrena.

 
   
César Pérez de Tudela Escalando
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